PONER LIMITES: Por qué sabés que tenés que decir que no y aun así no lo hacés


 
Era pandemia, y coordinaba un equipo de colegas que habíamos armado para dar respuesta a una demanda que desbordaba social y comunitariamente. Estábamos en el caos, como todos, pero seguíamos adelante sosteniendo el servicio con compromiso y presencia compartida.

Un día, una colega (por fuera del servicio) comentó una publicación del equipo que había largado a las redes. Lo que escribió fue que eso era publicidad y que no estaba permitido. Y en el ámbito psi, eso no es un comentario menor.

Recuerdo que en ese momento sentí el calor subirme por el cuerpo. La vergüenza primero, los nervios después. ¿Nos estaban viendo así? ¿Estábamos haciendo algo mal?

No pude responder sola en ese instante. Tuve que consultarlo con otras colegas, escuchar sus palabras, sostenerme en ellas para animarme a contestar, a decir algo que también me sacara de esa vivencia de juzgamiento, ansiedad e impotencia.

Cuando lo hice, me sentí orgullosa. Pero también me quedó una pregunta dando vueltas: ¿por qué necesité ese andamiaje para poder decir lo que pensaba?




Lo que nos dijeron que era el problema

Nos han enseñado de que hay que aprender a decir que no. Que es cuestión de práctica y de voluntad. Que si te lo proponés, podés.

Como si poner límites fuera una habilidad técnica que se entrena como cualquier otra en el deporte. Como si el problema fuera no saber cómo hacerlo.

Pero la mayoría de las mujeres que llegan a mi consulta saben perfectamente cómo se dice que no. Lo que no pueden es sostenerlo sin sentir que algo interiormente se rompe o angustia, dejándolas en la rumiación constante. 

Entonces ya no es un problema de falta de técnica o no saber como, sino que es mas profundo y tiene una raíz que es necesario mirarla y validarla.


Lo que realmente cuesta de decir NO

Cuando no podés poner un límite, no es porque seas débil o "tonta". Es porque algo en ese límite amenaza la posibilidad de continuar eso que valorás profundamente: el vínculo, tu lugar, la imagen que el otro tiene de vos.

En mi caso era eso: me importaba demasiado la mirada ajena. No lo sabía con esa claridad en ese momento, pero mi cuerpo sí, y lo manifestó con el calor, la vergüenza, los nervios...entendi que todo eso eran datos importantes.

Poner un límite no es solo decir que no. Es soltar algo. Es dejar de sostener una dinámica que te cuesta en consecuencias y costos energéticos, más de lo que te está dando. Es arriesgarte a que el otro se enoje, se decepcione, te cuestione y se aleje.

Y eso puede ser doloroso, sobre todo por el amor puesto allí (sea ello una relación, una idea u otra cosa que puede terminar), e incluso aunque el límite sea completamente legítimo.

Por eso no alcanza con querer decir que no. Hace falta entender qué estás sosteniendo al no ponerlo.


Lo que el límite interpersonal realmente exige

No empieza en la palabra dicha, en la expresion desde la boca. Empieza en el registro de lo que sucede.

Registrar que algo te incomoda antes de que explotes. Registrar que tu cuerpo habla y ya sabe algo antes que tu cabeza lo piense con claridad. Registrar que la incomodidad que callás no desaparece por dejarlo "pasar solo", sino que se va acumulando (como una bola de nieve).

Y después recien, viene el sostener ese registro frente al otro, expresarlo. Que es la parte, probablemente, más difícil. Porque en ese momento aparece todo lo anterior, se reviven: el miedo al rechazo, la culpa, la historia de aquellas relaciones en donde expresarte tuvo un costo.

Yo necesité el equipo para animarme a responder aquella vez: No lo hice sola. Y eso, lejos de ser una falla, se trato de fundar un cambio desde la red vincular que tenia disponible en ese momento. Y es lo que, al menos para mi, realmente funciona como cambio real. No es en soledad (aislamiento) sino en un sostén.



Una cosa concreta que podés hacer hoy

Antes de preguntarte cómo decírselo al otro, empezá por tu registro corporal de la situacion.

¿Hay algún malestar que aparece cuando algo no te cierra? ¿Opresión en el pecho, algo en la garganta, tensión en la panza? Ese malestar es información. Es un primer "no", el que aparece antes de que puedas nombrarlo como tal.

Podés registrarlo e identificarlo. Y después, en pequeñas cosas cotidianas, empezar a usar la palabra no. No en las grandes conversaciones todavía, sino en lo minimo y mas pequeño.

Y cuando aparezca una idea que te frene, si queres podes anotarla y preguntarte: ¿de dónde viene esto? ¿Qué sensación me genera?

No hace falta tener las respuestas ya, con hacerte la preguta abris y te predisponer a encontrar respuestas de una manera no forzada.


Poner límites no es un acto de egoísmo o de rigidez. Sino que es el movimiento más honesto que podés hacer en un vínculo: decirle al otro dónde estás realmente, en lugar de sostener una versión de vos que no te representa, ni te nace. Es dejar el masking.

Pero antes de preguntarte cómo decírselo al otro, preguntate esto:

¿Qué de esto funciona para mí? ¿Qué estoy sosteniendo al no decir que NO?


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